A los casi sesenta años de médico estoy
creyendo descubrir porqué en mi historia personal y profesional se han incluido
tres áreas básicas, por orden de aparición: la espiritualidad, la medicina y la
psicología (más específicamente el psicoanálisis freudiano).
La inquietud espiritual apareció en una
época muy temprana mía. No puedo decir que tuve padres particularmente
comprometidos con esos principios. Un poco más mi madre que mi padre, el que en
aquella época se conocía como un librepensador. Mi madre sí era practicante católica
pero sin exageración ni fanatismo e intolerancia. El psicoanálisis muchos años
después me ha sugerido algo en ese fervor y firme adhesión a la figura de Cristo:
la falta de una relación afectiva cálida y atrayente con mi padre y que ahí
haya buscado una compensación.
Esa espiritualidad sólida me fue
llevando a una inclinación muy temprana (ya alrededor de los doce años), a
tener siempre amistad con algún sacerdote, sin duda que me resultara cordial.
Estoy hablando de sacerdotes del clero secular desde que yo en esos años vivía
en un pueblo de la provincia de Bs. As., donde mi padre ejercía la medicina.
Pero, mas tarde cuando volvemos a Buenos Aires y me anotan en el Colegio del
Salvador de los padres jesuitas “me agarro
un fuerte metejón” con ellos y se reabre ahora mucho más fuerte mi temprana
vocación sacerdotal. No quiero extenderme más en estos años, pero quiero relatar
que al terminar quinto año y hacer unos ejercicios espirituales de San Ignacio,
decido renunciar a la idea que me atraía y nunca mas me propuse concretar. Pero
quedé para siempre con una gran inquietud por lo sobrenatural y con la modalidad
de vida del jesuita.

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